Tipo 11 am partí camino a Prospect Park, el "Central Park de Brooklyn".
Apenas sali del metro pasé a comprarme de desayuno un galletón de mantequilla de maní y un café helado, y con las cosas en la mano me encaminé al parque. El día estaba caluroso y nublado. A poco andar, me topé con una pequeña laguna rodeada de plantas y árboles. La belleza era conmovedora y de algún modo trágica, al caer en cuenta de que hoy en día esos escenarios son cada vez más escasos y artificiales. Me sentí estúpida y absurda con el vaso plástico en la mano, parada frente a una tortuga que tomaba sol.
Seguí paseando un rato, pensado en cosas densas como la humanidad y el sentido de nuestra existencia. Luego de pasar de largo una zona de canchas de baseball, ocupadas por niños en clases de deportes, y por una zona de reserva natural, llegué a una hermosa explanada. Pequeñas lomas y grandes árboles por todos lados y en medio una casa enorme que parecía sacada de un cuento. Me eché en el pasto, a mirar a las personas y sentir la llovizna que refrescaba el abochornado día.
Cuando paró el agua, me dispuse a dibujar todo lo que se me atravesara...
Luego seguí caminando hasta salir por el norte del parque, donde me topé con la Grand Army Plaza, y a mi costado, la imponente biblioteca de Brooklyn. Como quien no quiere la cosa, me paseé por los pasillos del salón de ficción, y me leí a la rápida "Blue is the warmest colour". Salí de la biblioteca con una sonrisa pegada en la cara, mi ñoñez es innegable.
Me dirigí entonces al jardín botánico de Brooklyn, que estaba justo al lado. Al comienzo no entendí mucho su lógica y no se me ocurrió tampoco mirar el mapa, pero disfruté enormemente la parte final (jardines de rosas, jardines acuáticos, invernaderos... uf!).
Las horas volaron y salí casi al cierre - obviamente, por el lado equivocado -, me perdí y acabé por llegar al ya cerrado Museo de Brooklyn. Volví a casa acalorada y hambrienta, pero nada que una ducha y un plato de cazuela no puedan arreglar.
Como a las 10 pm salí en busca de algún bar buena onda donde quitarme el calor y conocer gente. Deambulando por Williamsburg (mi nuevo hobbie), llegué a al Ontario Bar.
Estuvo divertido. En un principio figuraba en una esquina, mirando todo en silencio y sin saber cómo romper el hielo con el resto de la gente, esto de las barras es toda una ciencia... Sin embargo, una vez que me dirigieron la palabra todo mejoró infinitamente. Primero conocí a Kerry, la sociable bartender, quien me presentó a mis vecinos en la barra; Lisa y Harold, una chistosa pareja que bordeaba los 40 con la que no podía parar de reír. De la nada, se suma otro personaje: Jericco, un parlanchín gambler que pide rondas para todos y nos regala raspes de juegos de azar. Las horas se pasan volando hasta que el cansancio me trae de vuelta a casa.
Gastos del día:
- $ 6 desayuno
- $ 1 botella de agua
- $ 10 entrada jardín botánico
- $ 7 cerveza
- $ 5 shampoo


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