sábado, 20 de septiembre de 2014

Capítulo XIII: Animal nocturno


Tuve varios planes de salir en busca de una tienda de instrumentos, pero finalmente me quedé en casa, pintando. El Dami estuvo trabajando fuera, así que sólo nos vimos en la tarde, comimos y hablamos un rato.

Recién en la noche pude dejar mi letargo y animarme a salir. Después de googlear clubes (se me metió en la cabeza que quería bailar), dí con uno que no cobraba entrada y parecía buena onda. Es la primera vez que voy a carretear a Manhattan (creo que San Gennaro no cuenta).

Llegué al local y fuera de un par de grupos celebrando cumpleaños y hombres creepy acechando en la barra, estaba vacío.

Decidida a respetar mi regla de una cerveza, así que con el vaso en mano, me senté a observar.

- No sé si he escrito algo respecto a esta regla, es muy sencilla, pero sorprendentemente efectiva: consiste en disponer del tiempo que me tome beber una cerveza para que ocurra algo interesante o entretenido en un lugar. Si esto no ocurre, es hora de irse -

Pantallas de tv por todos lados muestran partidos de football americano, grupos de mujeres exageradamente maquilladas intentan torpemente hacer los pasos de baile de algún videoclip de moda, o conversan ruidosamente... Me sentía totalmente fuera de lugar.

Termino la cerveza y me dirijo al baño, muy desilusionada de la salida. En la fila, el tipo de atrás me habla y no le entiendo. Trato de hacerle entender en inglés que no comprendo lo que dice. Él se presenta y me dice "Ernesto", yo emocionada le respondo en español que me llamo Valentina. Conversamos un poco y me invita a una cerveza. Lo dudo un instante, pero luego acepto.

Ernesto me cuenta que es mexicano, que hace poco lo despidieron de su trabajo en México y decidió aprovechar de venir a visitar a su familia que vive acá. Yo le digo que mi historia es parecida. Luego de la segunda cerveza y un par de shots de whisky sabor canela, le dije que fuéramos a bailar. Eramos casi los únicos y era tan tieso como los gringos que bailaban a nuestro alrededor, pero intenté disimular la risa.

Como a la 1 a.m. decidí volverme a casa. No había sido una experiencia increíble, pero al menos pude bailar. Afuera llovía a cántaros, pero estaba caluroso. Me volví caminando y sin chaqueta bajo la lluvia. Quedé empapada y con el delineador esparcido por toda la cara. Estoy segura que parecía loca, pero al menos loca feliz, sonriendo en la noche tropicaloide.


               Gastos del día:
               - $ 8 cerveza


viernes, 19 de septiembre de 2014

Capítulo XII: El arte de hacer fila

Salí en dirección a Manhattan con el objetivo de ir a un Mac Store y averiguar sobre los computadores, pero cuando llegué ¡Sorpresa! Una creciente fila salía de Mac Store, daba la vuelta a la manzana y se perdía en la otra esquina. Eran todos los expectantes compradores del nuevo e increíble Iphone 6. La vista me pareció apocalíptica y huí directo al Washington Square Park, donde me quedé leyendo y tomando sol, rodeada del inquieto ambiente universitario.

Cerca de las 2 pm partí camino al MoMA, pues los viernes en la tarde la entrada es gratis.
Cuando llegué eran a penas las 2:45 y los free tickets serían entregados desde las 4 pm. Por suerte ya había comido (un galletón de red velvet, ñam!) y me instalé de los primeros en la fila. Supongo que hay cosas por las que estoy dispuesta a hacer fila y otras por las que nunca lo haré.

A la media hora la fila llegaba hasta el final de la cuadra. Era un día caluroso, pero entre los edificios apenas si pasaba el sol, y más bien una corriente helada recorría las calles, así que me sentí aliviada cuando nos dejaron entrar antes de las 4.

El museo se fue llenando de a poco. Partí por el primer piso y desde ahí ascendí. En la medida que subía más y más se iba abarrotando de turistas, probablemente porque arriba era donde se encontraban las obras famosas, que por cierto eran impresionantes. Tengo que admitir que esa fue mi parte favorita, aunque a esas alturas estaba agotada (soy de esas personas que lee cada reseña de cada obra que encuentra).

En la noche salí a un nuevo bar en Brooklyn, el Pete's Candy Store. Era un sitio muy agradable y en la parte de atrás había música en vivo, me encantó oír música tomando una cerveza ¡Extrañaba eso!


             Gastos del día:

             - $ 4 Galletón
             - $ 8 Cerveza


jueves, 18 de septiembre de 2014

Capítulo XI: Fonda on fire

La mañana estuvo tranquila, dormí infinito. Cuando desperté Damián estaba con su amigo Javier, otro chileno, muy chistoso y buena onda. Estuvimos todo el día los tres en el departamento y recién como a las 7:30 pm partimos a la fonda de Williambsburg. Entre tanto, tomamos vinito y fumamos un poco (temprano vino el dealer, un tipo guapo y muy hipster que traía disimuladamente una caja llena de tiny little boxes).

La fonda era en un pequeño bar en Williamsburg y desde que llegamos ya había bastante gente y filas crecientes para comprar los felices productos nacionales. Comimos un par de empanadas de pino y tomamos piscolas. El ambiente era un poco extraño, muy abc1, entre artístico y derechamente comercial.

Al principio estaba muy entusiasmada, con ganas de bailar y celebrar, mientras los chiquillos miraban ansiosos a su alrededor, a la espera de encontrarse con sus otros amigos. Luego, en la medida en que empezaron a llegar los demás, me vi envuelta en un panal de small talk. Aburrida, fui al baño y cuando volví me sentí aun más "x". Salimos a tomar aire y la gente sobrepasaba la entrada y ocupaba la calle.

Casi al mismo tiempo que aparecían los pacos (la policía) a sacar a todos de la calle, me empezó a bajar la presión, por lo que me fui a sentar en la cuneta, alejándome unos metros. A los pocos minutos llegó el Damián preocupado de mi desaparición y me compró una barrita dulce. Con Javier me acompañaron un rato hasta que me sentí mejor. De todos modos acabé por volverme temprano a casa.


                  Gastos del día:
             
                  - $ 16 Piscolas


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Capítulo X: Once


Esta vez si lo logré. Me levanté temprano y partí al Jacob's Theatre. A las 10:30 ya tenía entre mis manos un rush ticket para ver el musical inspirado en una de mis películas favoritas: Once.
Compré para la función de matiné, así que para hacer hora me puse a pasear por el barrio del Times Square. La vista resultaba impresionante,  cientos de pantallas cubriendo altísimos edificios en una zona donde nunca cesa el movimiento. 

No sé por qué pedí la entrada para la función de matiné, pero luego recordé que en la noche tenía otra comida del Dami, así que casi pareció como si lo hubiera hecho a propósito. Cuando me dispuse a hacer la fila me vi rodeada de abuelitos y uno que otro turista oriental. Mi asiento era en un box, y casi estaba encima del escenario. El musical, si bien un poco sobreactuado (supongo que así son los musicales), era encantador y musicalmente impecable. Obviamente me puse melancólica y lloré todo.  Al salir me dirigí al Central Park, a tomar un poco de sol y subirme el ánimo.

Caminé infinita y azarosamente buscando un metro (infructíferamente). Llegué hasta el extremo este de Manhattan y me encontré con un montón de hospitales y la Universidad de Rockerfeller (me impresionó un poco su existencia, creo que son dueños de la mitad de la ciudad). 

Tuve que bajar por la isla y volver al centro para hallar una estación de metro. Con tanto paseo olvidé la hora y tuve que correr de vuelta al departamento para ayudar con la comida. Afortunadamente todos llegaron tarde. Comimos lasagna de berenjena (la especialidad de Damián), estuvo realmente delicioso y la noche estuvo muy entretenida.



                 Gastos del día:
                
                 - $ 35 Entrada al teatro
                 - $ 7 pizza de almuerzo

martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo IX: Casita mode on

Hoy fue un día tranquilo. En la mañana quería ir a comprar Rush Tickets para ver el musical de Once, pero el Damián me preguntó si lo quería acompañar al supermercado, y me pareció que era lo mínimo que podía hacer, así que partimos a uno que queda a pocas cuadras del depto.
Fue entretenido mirar los distintos productos. Acá todo se ve grasoso y lleno de azúcar, incluso lo que dice ser sano y orgánico.  La compra fue abundante y llegué apenas arrastrando las bolsas con mis fuertes bracitos. Almorzamos hamburguesas caseras y ensalada, estaba delicioso y me pareció que ese almuerzo era mejor que cualquier fast food gringa que pudiera pensar.

Pasé la mitad de la tarde pintando en casa y la otra mitad dibujando en el McCarren Park (también muy cerca del departamento):






Como a las 6 volví y preparé la ensalada para la cena, pues el Damián había invitado amigos, un grupo de chilenos muy buena onda. Estuvo rico y tranquilo, aunque admito que me sentí un poco sola y fuera de lugar en este círculo gay-abc1-rondando los 30.
Llevo 8 días acá y me pregunto si llegaré a sentirme amiga de alguien.


              Gastos del día:
         
              - $ 40 Supermercado

lunes, 15 de septiembre de 2014

Capítulo VIII: Arena y sol

En mi depre ánimo (si, no he estado de lo más feliz), decidí irme lejos de la gente, al menos por un día. Así que fui a Fort Tilden en la península de Rockaway, que queda como a una hora de Williamsburg.

Luego de numerosos transbordos y una hambriadísima pasada al supermercado, llegué en bus al Jacob Ribb Park.

Para ser honesta, no sé si llegué a Fort Tilden, pero había sol, playa, un mar casi tibio y pequeños pajaritos corriendo por la arena. Era una playa aislada y lo único que rompía el silencio era el ruido de las olas. Devoré mi snack y me quedé dormida.

A veces tanta soledad e introspección cansan. Lo más desagradable de no hablar con otros es el monólogo interno, que podría nunca silenciarse. Al menos mientras dormí pude acallarlo un rato.

Desperté acalorada y me puse a caminar por la orilla. De a poco empecé a toparme con más gente y a ver el comienzo de la zona habitada. Como a las 5:30 tomé el bus de vuelta, para llegar a las 7 a abrigarme y comprar algo para comer. Cuando me había sentado a cenar llegó Andreas y luego Damián, que había estado trabajando fuera por tres días.

Hablé con mis amigas por Skype hasta que se me pasó la maña. Increíblemente, sobreviví a mi día del terror.

                 
                        Gastos del día:
                      - $ 7 manzana, yoghurt y frutos secos.
                      - $ 8 sandwich y chocolate


domingo, 14 de septiembre de 2014

Capítulo VII: Puente

En mi búsqueda de parques me enteré de que existía uno junto al Puente de Brooklyn y me llamó mucho la idea, así que apenas me levanté me encaminé hacia allá. Lamentablemente, me llevé una decepción. Creo que de todos los parques y plazas que he visitado, este fue mi menos favorito.

Llegué muerta de hambre, así que apenas pude me compré lo primero que encontré (un sandwich empaquetado y un jugo de manzana). Calmada el hambre, me puse a recorrer lo que resultó ser un parque deportivo al borde del East River, lo que está bien, pero para mi gusto le faltaba vegetación.

Obviamente igual logré encontrar un pedazo de pasto donde tomar sol y observar a los transeúntes. Luego de un rato seguí caminando hasta llegar a una especie de feria de comida llena de gente y olores diversos. Había todo tipo de comidas étnicas, infaltable barbacue y por su puesto, helado y bebidas frías. Yo, acalorada y sedienta, me compré una soda de hibiscus.

Con la soda en mano me dirigí al puente mismo. De principio me costó encontrar la entrada, pero empecé a seguir a las personas con pinta de turista y voilà. El puente, el movimiento y la vista me encantaron. Llegando a Manhattan y con las últimas energías del día, me encaminé como a las 5 de la tarde a otro imperdible de Nueva York: El Highline Park, una antigua línea de tren que para evitar su demolición fue transformada en un parque.

¡Que lugar más hermoso! Tuve además la suerte de ver la puesta de sol desde un lugar privilegiado, las siluetas de los edificios a cada lado del río Hudson eran hermosas y la tibia tarde de fines del verano me envolvía.

Recorrí el parque completo, me crucé con músicos, artistas, montones de parejas y uno que otro loner, que deambulaba abstraído como yo. Cuando lo terminé ya era de noche y refrescaba.

Ah! casi lo olvido: Antes de subir pasé a una cafetería donde todos eran muy dulces, y me abrigué con un delicioso chocolate caliente de nutella.

Volví agotada a dormir.

                         Gastos del día:
                        - $ 8 sandwich y jugo
                        - $ 4 soda
                        - $ 5 chocolate caliente