sábado, 20 de septiembre de 2014

Capítulo XIII: Animal nocturno


Tuve varios planes de salir en busca de una tienda de instrumentos, pero finalmente me quedé en casa, pintando. El Dami estuvo trabajando fuera, así que sólo nos vimos en la tarde, comimos y hablamos un rato.

Recién en la noche pude dejar mi letargo y animarme a salir. Después de googlear clubes (se me metió en la cabeza que quería bailar), dí con uno que no cobraba entrada y parecía buena onda. Es la primera vez que voy a carretear a Manhattan (creo que San Gennaro no cuenta).

Llegué al local y fuera de un par de grupos celebrando cumpleaños y hombres creepy acechando en la barra, estaba vacío.

Decidida a respetar mi regla de una cerveza, así que con el vaso en mano, me senté a observar.

- No sé si he escrito algo respecto a esta regla, es muy sencilla, pero sorprendentemente efectiva: consiste en disponer del tiempo que me tome beber una cerveza para que ocurra algo interesante o entretenido en un lugar. Si esto no ocurre, es hora de irse -

Pantallas de tv por todos lados muestran partidos de football americano, grupos de mujeres exageradamente maquilladas intentan torpemente hacer los pasos de baile de algún videoclip de moda, o conversan ruidosamente... Me sentía totalmente fuera de lugar.

Termino la cerveza y me dirijo al baño, muy desilusionada de la salida. En la fila, el tipo de atrás me habla y no le entiendo. Trato de hacerle entender en inglés que no comprendo lo que dice. Él se presenta y me dice "Ernesto", yo emocionada le respondo en español que me llamo Valentina. Conversamos un poco y me invita a una cerveza. Lo dudo un instante, pero luego acepto.

Ernesto me cuenta que es mexicano, que hace poco lo despidieron de su trabajo en México y decidió aprovechar de venir a visitar a su familia que vive acá. Yo le digo que mi historia es parecida. Luego de la segunda cerveza y un par de shots de whisky sabor canela, le dije que fuéramos a bailar. Eramos casi los únicos y era tan tieso como los gringos que bailaban a nuestro alrededor, pero intenté disimular la risa.

Como a la 1 a.m. decidí volverme a casa. No había sido una experiencia increíble, pero al menos pude bailar. Afuera llovía a cántaros, pero estaba caluroso. Me volví caminando y sin chaqueta bajo la lluvia. Quedé empapada y con el delineador esparcido por toda la cara. Estoy segura que parecía loca, pero al menos loca feliz, sonriendo en la noche tropicaloide.


               Gastos del día:
               - $ 8 cerveza


viernes, 19 de septiembre de 2014

Capítulo XII: El arte de hacer fila

Salí en dirección a Manhattan con el objetivo de ir a un Mac Store y averiguar sobre los computadores, pero cuando llegué ¡Sorpresa! Una creciente fila salía de Mac Store, daba la vuelta a la manzana y se perdía en la otra esquina. Eran todos los expectantes compradores del nuevo e increíble Iphone 6. La vista me pareció apocalíptica y huí directo al Washington Square Park, donde me quedé leyendo y tomando sol, rodeada del inquieto ambiente universitario.

Cerca de las 2 pm partí camino al MoMA, pues los viernes en la tarde la entrada es gratis.
Cuando llegué eran a penas las 2:45 y los free tickets serían entregados desde las 4 pm. Por suerte ya había comido (un galletón de red velvet, ñam!) y me instalé de los primeros en la fila. Supongo que hay cosas por las que estoy dispuesta a hacer fila y otras por las que nunca lo haré.

A la media hora la fila llegaba hasta el final de la cuadra. Era un día caluroso, pero entre los edificios apenas si pasaba el sol, y más bien una corriente helada recorría las calles, así que me sentí aliviada cuando nos dejaron entrar antes de las 4.

El museo se fue llenando de a poco. Partí por el primer piso y desde ahí ascendí. En la medida que subía más y más se iba abarrotando de turistas, probablemente porque arriba era donde se encontraban las obras famosas, que por cierto eran impresionantes. Tengo que admitir que esa fue mi parte favorita, aunque a esas alturas estaba agotada (soy de esas personas que lee cada reseña de cada obra que encuentra).

En la noche salí a un nuevo bar en Brooklyn, el Pete's Candy Store. Era un sitio muy agradable y en la parte de atrás había música en vivo, me encantó oír música tomando una cerveza ¡Extrañaba eso!


             Gastos del día:

             - $ 4 Galletón
             - $ 8 Cerveza


jueves, 18 de septiembre de 2014

Capítulo XI: Fonda on fire

La mañana estuvo tranquila, dormí infinito. Cuando desperté Damián estaba con su amigo Javier, otro chileno, muy chistoso y buena onda. Estuvimos todo el día los tres en el departamento y recién como a las 7:30 pm partimos a la fonda de Williambsburg. Entre tanto, tomamos vinito y fumamos un poco (temprano vino el dealer, un tipo guapo y muy hipster que traía disimuladamente una caja llena de tiny little boxes).

La fonda era en un pequeño bar en Williamsburg y desde que llegamos ya había bastante gente y filas crecientes para comprar los felices productos nacionales. Comimos un par de empanadas de pino y tomamos piscolas. El ambiente era un poco extraño, muy abc1, entre artístico y derechamente comercial.

Al principio estaba muy entusiasmada, con ganas de bailar y celebrar, mientras los chiquillos miraban ansiosos a su alrededor, a la espera de encontrarse con sus otros amigos. Luego, en la medida en que empezaron a llegar los demás, me vi envuelta en un panal de small talk. Aburrida, fui al baño y cuando volví me sentí aun más "x". Salimos a tomar aire y la gente sobrepasaba la entrada y ocupaba la calle.

Casi al mismo tiempo que aparecían los pacos (la policía) a sacar a todos de la calle, me empezó a bajar la presión, por lo que me fui a sentar en la cuneta, alejándome unos metros. A los pocos minutos llegó el Damián preocupado de mi desaparición y me compró una barrita dulce. Con Javier me acompañaron un rato hasta que me sentí mejor. De todos modos acabé por volverme temprano a casa.


                  Gastos del día:
             
                  - $ 16 Piscolas


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Capítulo X: Once


Esta vez si lo logré. Me levanté temprano y partí al Jacob's Theatre. A las 10:30 ya tenía entre mis manos un rush ticket para ver el musical inspirado en una de mis películas favoritas: Once.
Compré para la función de matiné, así que para hacer hora me puse a pasear por el barrio del Times Square. La vista resultaba impresionante,  cientos de pantallas cubriendo altísimos edificios en una zona donde nunca cesa el movimiento. 

No sé por qué pedí la entrada para la función de matiné, pero luego recordé que en la noche tenía otra comida del Dami, así que casi pareció como si lo hubiera hecho a propósito. Cuando me dispuse a hacer la fila me vi rodeada de abuelitos y uno que otro turista oriental. Mi asiento era en un box, y casi estaba encima del escenario. El musical, si bien un poco sobreactuado (supongo que así son los musicales), era encantador y musicalmente impecable. Obviamente me puse melancólica y lloré todo.  Al salir me dirigí al Central Park, a tomar un poco de sol y subirme el ánimo.

Caminé infinita y azarosamente buscando un metro (infructíferamente). Llegué hasta el extremo este de Manhattan y me encontré con un montón de hospitales y la Universidad de Rockerfeller (me impresionó un poco su existencia, creo que son dueños de la mitad de la ciudad). 

Tuve que bajar por la isla y volver al centro para hallar una estación de metro. Con tanto paseo olvidé la hora y tuve que correr de vuelta al departamento para ayudar con la comida. Afortunadamente todos llegaron tarde. Comimos lasagna de berenjena (la especialidad de Damián), estuvo realmente delicioso y la noche estuvo muy entretenida.



                 Gastos del día:
                
                 - $ 35 Entrada al teatro
                 - $ 7 pizza de almuerzo

martes, 16 de septiembre de 2014

Capítulo IX: Casita mode on

Hoy fue un día tranquilo. En la mañana quería ir a comprar Rush Tickets para ver el musical de Once, pero el Damián me preguntó si lo quería acompañar al supermercado, y me pareció que era lo mínimo que podía hacer, así que partimos a uno que queda a pocas cuadras del depto.
Fue entretenido mirar los distintos productos. Acá todo se ve grasoso y lleno de azúcar, incluso lo que dice ser sano y orgánico.  La compra fue abundante y llegué apenas arrastrando las bolsas con mis fuertes bracitos. Almorzamos hamburguesas caseras y ensalada, estaba delicioso y me pareció que ese almuerzo era mejor que cualquier fast food gringa que pudiera pensar.

Pasé la mitad de la tarde pintando en casa y la otra mitad dibujando en el McCarren Park (también muy cerca del departamento):






Como a las 6 volví y preparé la ensalada para la cena, pues el Damián había invitado amigos, un grupo de chilenos muy buena onda. Estuvo rico y tranquilo, aunque admito que me sentí un poco sola y fuera de lugar en este círculo gay-abc1-rondando los 30.
Llevo 8 días acá y me pregunto si llegaré a sentirme amiga de alguien.


              Gastos del día:
         
              - $ 40 Supermercado

lunes, 15 de septiembre de 2014

Capítulo VIII: Arena y sol

En mi depre ánimo (si, no he estado de lo más feliz), decidí irme lejos de la gente, al menos por un día. Así que fui a Fort Tilden en la península de Rockaway, que queda como a una hora de Williamsburg.

Luego de numerosos transbordos y una hambriadísima pasada al supermercado, llegué en bus al Jacob Ribb Park.

Para ser honesta, no sé si llegué a Fort Tilden, pero había sol, playa, un mar casi tibio y pequeños pajaritos corriendo por la arena. Era una playa aislada y lo único que rompía el silencio era el ruido de las olas. Devoré mi snack y me quedé dormida.

A veces tanta soledad e introspección cansan. Lo más desagradable de no hablar con otros es el monólogo interno, que podría nunca silenciarse. Al menos mientras dormí pude acallarlo un rato.

Desperté acalorada y me puse a caminar por la orilla. De a poco empecé a toparme con más gente y a ver el comienzo de la zona habitada. Como a las 5:30 tomé el bus de vuelta, para llegar a las 7 a abrigarme y comprar algo para comer. Cuando me había sentado a cenar llegó Andreas y luego Damián, que había estado trabajando fuera por tres días.

Hablé con mis amigas por Skype hasta que se me pasó la maña. Increíblemente, sobreviví a mi día del terror.

                 
                        Gastos del día:
                      - $ 7 manzana, yoghurt y frutos secos.
                      - $ 8 sandwich y chocolate


domingo, 14 de septiembre de 2014

Capítulo VII: Puente

En mi búsqueda de parques me enteré de que existía uno junto al Puente de Brooklyn y me llamó mucho la idea, así que apenas me levanté me encaminé hacia allá. Lamentablemente, me llevé una decepción. Creo que de todos los parques y plazas que he visitado, este fue mi menos favorito.

Llegué muerta de hambre, así que apenas pude me compré lo primero que encontré (un sandwich empaquetado y un jugo de manzana). Calmada el hambre, me puse a recorrer lo que resultó ser un parque deportivo al borde del East River, lo que está bien, pero para mi gusto le faltaba vegetación.

Obviamente igual logré encontrar un pedazo de pasto donde tomar sol y observar a los transeúntes. Luego de un rato seguí caminando hasta llegar a una especie de feria de comida llena de gente y olores diversos. Había todo tipo de comidas étnicas, infaltable barbacue y por su puesto, helado y bebidas frías. Yo, acalorada y sedienta, me compré una soda de hibiscus.

Con la soda en mano me dirigí al puente mismo. De principio me costó encontrar la entrada, pero empecé a seguir a las personas con pinta de turista y voilà. El puente, el movimiento y la vista me encantaron. Llegando a Manhattan y con las últimas energías del día, me encaminé como a las 5 de la tarde a otro imperdible de Nueva York: El Highline Park, una antigua línea de tren que para evitar su demolición fue transformada en un parque.

¡Que lugar más hermoso! Tuve además la suerte de ver la puesta de sol desde un lugar privilegiado, las siluetas de los edificios a cada lado del río Hudson eran hermosas y la tibia tarde de fines del verano me envolvía.

Recorrí el parque completo, me crucé con músicos, artistas, montones de parejas y uno que otro loner, que deambulaba abstraído como yo. Cuando lo terminé ya era de noche y refrescaba.

Ah! casi lo olvido: Antes de subir pasé a una cafetería donde todos eran muy dulces, y me abrigué con un delicioso chocolate caliente de nutella.

Volví agotada a dormir.

                         Gastos del día:
                        - $ 8 sandwich y jugo
                        - $ 4 soda
                        - $ 5 chocolate caliente

sábado, 13 de septiembre de 2014

Capítulo VI: De errores, regalos y fiestas

Los chicos salieron temprano camino al aeropuerto. Yo tenía que estar en casa para recibir a Andreas,  un alemán a quien Damián le arrendó su pieza por tres días.
De todos modos decidí ir en busca de un café donde desayunar.
     - Las relaciones con Mickey, nuestro ratón inquilino han estado un poco tensas y prefiero comer afuera.-

Vagando por Brooklyn, en dirección al río, llegué a Bedford Av, donde a poco andar me encuentro con una adorable y pequeña cafetería. Muy campante pedí un latte, sin darme cuenta hasta después de haber hecho el pedido de que me faltaba un dólar. Angustiada, empecé a tantear mi bolso en busca de monedas (Tenían un cartel gigante que señalaba "CASH ONLY" y otro pequeño que decía "We don't accept $50 or $100": mis opciones eran muy reducidas). Logré hallar tres quarters y un puñado de centavos, al mismo tiempo que llegaba un iced latte en un simpático frasco.
Le expliqué a la cajera, una mujer amable y alegre y me dijo que no me preocupara y le trajera el resto del dinero luego. Muy avergonzada, acepté la propuesta, prometiendo que volvería.

Tomé el latte mientras actualizaba la bitácora y volví a casa a recibir a Andreas, un no-tan-sociable fotógrafo que pronto se encerró en su pieza. Mientras caminaba al departamento, se me ocurrió una idea para intentar reparar el error en la cafetería: Hacer un pequeño cómic de mi visita y llevarlo como ofrenda. Eran dos cuadros, pero me tomó toda la tarde. Por suerte era un día lluvioso, por lo que no lamenté quedarme adentro.

Recién como a las 8:30 pm salí de regreso a la cafetería con el dibujo en la mochila. Era tarde y temí que ya hubieran cerrado. Cuando llegué sólo quedaba una persona, un hombre al que le expliqué mi incidente en la mañana, le dí el quarter faltante y los dibujos. El sujeto estaba muy sorprendido y parecía no saber bien qué hacer. Primero se rió de mi deuda de un cuarto de dólar, luego me agradeció por el dibujo, dijo que lo colgaría en el mural y me ofreció un dulce. Acepté el dulce y volví a casa caminando y canturreando bajo la lluvia.

Recordé entonces que en estos días estaba la fiesta de San Gennaro, así que me dirigí a Little Italy, donde se habían instalado decenas de puestos de salchichas, pasta, todo tipo de cosas fritas (las Oreos fritas eran una de las más populares), y mis favoritos: canollis y macarons. Caminé entre el ruido y las luces, mirando todo. Me tomé un ice tea, comí una bruchetta, un canolli y un macaron de earl grey (delicioso!).

Disfruté la comida y la vista, pero me sentía sola y pronto me aburrí, así que partí a mi querido Ontario Bar, a tomar una cerveza antes de volver a casa. Ahí me encontré con Kerry que, una vez más, me rescató de mi soledad presentándome a otra pareja de párrocos. Sus nombres eran Laura y Nick, y eran muy simpáticos, ella era descendiente de argentinos y él había estudiado psicología y tocaba guitarra. Ya sentía que comenzaba a estorbar en la cita romántica, cuando de pronto aparece Jericco. Nos quedamos conversando hasta las 4 am y llegamos a hablar hasta de aliens. Me reí infinito.


                 Gastos del día:
                 - $ 4 Latte
                 - $ 12 Comida en San Gennaro
                 - $ 7 cerveza

viernes, 12 de septiembre de 2014

Capítulo V: Buscando aguas


      - Dicen que el tiempo pasa volando cuando te diviertes. Debo estar pasándolo bien, porque últimamente me cuesta hallar el momento para registrar todo lo que va pasando (este día lo escribo con un día de atraso). -

Salí con la intención de ir a  Rockaway Beach, las playas al sur de Nueva York. Sin embargo, después de pasar media hora perdida entre estaciones de metro, cambié de planes y me dirigí a Lower Manhattan, con la idea de conocer Wall Street y ver el sur de la isla. Con un batido de frutas en mano, caminé por las efervescentes calles del distrito financiero hasta ver agua. Ahí me apresuré, al aparecer el Museo Indígena Americano y el Battery Park.

Paseé por ahí, todavía un poco perdida, y decidí tomar el South Ferry a Staten Island. Por casualidad llegué al piso de abajo y caminé hasta llegar a la punta del ferry, donde brillaba el sol y me abrazaba el viento. El día estaba precioso.

Deambulé por Staten Island y quedé fascinada con sus antiguas casas de madera, tan distintas de la estética newyorkina. Un par de horas más tarde regresé a la estación, me zampé un gigante slice de pizza y volví por ferry.

De vuelta en Manhattan, fui en busca del memorial del 9/11. Dos agujeros cúbicos por dónde caía agua hasta perderse, en el lugar donde antes estuvieron las torres gemelas. Me bajó una pena grande e incomprensible ahí, no sé por qué. Extraño lugar, también extraño que sea un foco turístico donde la gente posa sonriente.

Después de un rato, volví sin querer al otro extremo del Battery Park ¡Que lugar más hermoso! Lleno de detalles y con una hermosa vista. Caminé largamente, y casi al volver al comienzo me topé con la más extraña escena: A mi lado una chica grita por teléfono que se acaba de comprometer, mientras el novio la mira expectante. Al girar la vista al frente me cruzo con un famoso actor hollywoodense que va arriba de una bicicleta y luego, un poco más adelante, una sesión de fotos con delgadísimas modelos. Sigo avanzando y a mi lado medita un joven monje, mientras una pandilla de niños juega y grita a su alrededor.

Vuelvo agotada a casa, donde hacemos una tierna cena de despedida para Jaime. Me siento la más violinista, pero no tengo energía para salir. Plan de viernes por la noche: Dormir!!

            Gastos del día:
            - $ 5 Batido de frutas
            - $ 5 Pizza y té helado

jueves, 11 de septiembre de 2014

Capítulo IV: Conociendo Brooklyn.

Tipo 11 am partí camino a Prospect Park, el "Central Park de Brooklyn".
Apenas sali del metro pasé a comprarme de desayuno un galletón de mantequilla de maní y un café helado, y con las cosas en la mano me encaminé al parque. El día estaba caluroso y nublado. A poco andar, me topé con una pequeña laguna rodeada de plantas y árboles. La belleza era conmovedora y de algún modo trágica, al caer en cuenta de que hoy en día esos escenarios son cada vez más escasos y artificiales. Me sentí estúpida y absurda con el vaso plástico en la mano, parada frente a una tortuga que tomaba sol.

Seguí paseando un rato, pensado en cosas densas como la humanidad y el sentido de nuestra existencia. Luego de pasar de largo una zona de canchas de baseball, ocupadas por niños en clases de deportes, y por una zona de reserva natural,  llegué a una hermosa explanada. Pequeñas lomas y grandes árboles por todos lados y en medio una casa enorme que parecía sacada de un cuento. Me eché en el pasto, a mirar a las personas y sentir la llovizna que refrescaba el abochornado día.

Cuando paró el agua, me dispuse a dibujar todo lo que se me atravesara...




Luego seguí caminando hasta salir por el norte del parque, donde me topé con la Grand Army Plaza, y a mi costado, la imponente biblioteca de Brooklyn. Como quien no quiere la cosa, me paseé por los pasillos del salón de ficción, y me leí a la rápida "Blue is the warmest colour". Salí de la biblioteca con una sonrisa pegada en la cara, mi ñoñez es innegable.

Me dirigí entonces al jardín botánico de Brooklyn, que estaba justo al lado. Al comienzo no entendí mucho su lógica y no se me ocurrió tampoco mirar el mapa, pero disfruté enormemente la parte final (jardines de rosas, jardines acuáticos, invernaderos... uf!).

Las horas volaron y salí casi al cierre - obviamente, por el lado equivocado -, me perdí y acabé por llegar al ya cerrado Museo de Brooklyn. Volví a casa acalorada y hambrienta, pero nada que una ducha y un plato de cazuela no puedan arreglar.

Como a las 10 pm salí en busca de algún bar buena onda donde quitarme el calor y conocer gente. Deambulando por Williamsburg (mi nuevo hobbie), llegué a al Ontario Bar.

Estuvo divertido. En un principio figuraba en una esquina, mirando todo en silencio y sin saber cómo romper el hielo con el resto de la gente, esto de las barras es toda una ciencia... Sin embargo, una vez que me dirigieron la palabra todo mejoró infinitamente. Primero conocí a Kerry, la sociable bartender, quien me presentó a mis vecinos en la barra; Lisa y Harold, una chistosa pareja que bordeaba los 40 con la que no podía parar de reír. De la nada, se suma otro personaje: Jericco, un parlanchín gambler que pide rondas para todos y nos regala raspes de juegos de azar. Las horas se pasan volando hasta que el cansancio me trae de vuelta a casa.


         Gastos del día:
         - $ 6 desayuno
         - $ 1 botella de agua
         - $ 10 entrada jardín botánico
         - $ 7 cerveza
         - $ 5 shampoo

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Capítulo III: Caminar y mi primer bar.

Hoy me levanté temprano (8:30 am) para acompañar al Damián a hacer compras en Chinatown y aprovechar de pasear por allá. Primero pasamos por una feria de comida orgánica de los granjeros del norte del estado de Nueva York, instalada en la Washinton Square. La plaza me pareció muy bonita, coloreada por las frutas en este soleado día de septiembre. Luego nos dirigimos a una enorme tienda de alfombras, buscando una para su casa.

Seguimos nuestro recorrido por el barrio universitario, un sitio lleno de edificios antiguos y hermosas catedrales, hasta llegar al lugar donde se abría a un lado Chinatown y al otro Little Italy. Nos adentramos en Chinatown, en busca todavía de la famosa alfombra. Las tiendas eran una locura, productos de todo tipo amontonados en estrechos pasillos, personas de ojos rasgados hablando rápidamente entre si y lentamente con nosotros. Me pareció chistosa la enorme cantidad de pastelerías que poblaban las calles y lo poco atractivas que se veían.

Luego de dar una vuelta por el barrio, fuimos a Little Italy. Ahí se estaban preparando para el Feast of San Gennaro, una fiesta con motivos religiosos que empieza mañana y dura 10 días. Todos los locales estaban armando puestos de feria en las calles y Mulberry st rebozaba de actividad, martillazos y gritos en italiano. En eso, entramos a una pastelería (que a diferencia de las chinas, si se veía apetitosa) y probé un delicioso canolli.

Tras caminar largamente, ya cansados y acalorados buscando un restaurant vietnamita para almorzar, Jaime nos llamó diciendo que fuéramos a almorzar al departamento. De todos modos disfruté conocer parte del east village. Almorzamos una deliciosa cazuela y pude dormir siesta. Cuando desperté, los chicos se habían ido a trabajar, así que aproveché de hablar por facetime con mi hermana Cata. En medio de eso, tuve un sorpresivo y fugaz encuentro con un ratón que se asustó tanto como yo.


Cerca de las 7:30 pm me lancé camino al bar que me había recomendado Damián, "Union Pool". Era temprano, así que en lugar de entrar, me puse a pasear por las calles vecinas. De pronto un local luminoso y lleno de libros de colores me llamó a entrar. Arriba tenía un cartel de pastelería, no sé si habrá sido una broma o si quedó olvidado por dueños anteriores. Entré y resultó ser nada menos que una tienda de cómics e ilustración. Luego supe que se llamaba "Desert Island". Me quedé más de una hora, mirando cada uno de los libros y fanzines. Cuando finalmente intenté dirigirme al dueño de la tienda me puse horrendamente nerviosa y apenas pude unir las palabras. Fue muy amable, me regaló un número de una revista que ellos mismos publican "Smoke Signals", le comenté que su tienda me recordaba a una de mis tiendas favoritas, la Plop!.

Como a las 9 me vine al bar... llevo un rato ya aquí y sólo conseguí hablar con la bartender, una dulce chica llamada Carrie. Sentada en la barra con mi bitácora y mi segunda cerveza sigo en...


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(Un chico rubio, gringo casi estereotípico, interrumpe mi divagación preguntando - Are you writting a journal?"-.  Su nombre es Nathan y conversamos las siguientes dos horas. Aunque me cae bien y sé que le gusto, no es mutuo, así que cuando acaba la noche (al menos para mi, a las 12 pm) e intenta besarme, sólo corro la cara y me río. De todos modos le dí mi teléfono, creo que es suficiente aventura por hoy.



       Gastos del día

       - $ 4 sal para la casa
       - $ 12 dos cervezas (shops)
       - $ 3 taco

* Averiguar sobre cómo funcionan las propinas!


martes, 9 de septiembre de 2014

Boceteando NY



Capítulo II: La llegada, Central Park y el primer encuentro con el hiperestimulante NY

Luego de un madrugador desayuno (5 am), poco a poco comenzaron a vislumbrarse las primeras luces del día, que iluminaron las nubes que flotaban bajo nosotros como un mar de algodón.

Al rededor de las 7 tuvimos los primeros asomos a la ciudad y sus alrededores. A las 8 aterrizamos.
Los trámites en la aduana duraron cerca de una hora. Fue chistoso ver y oír a los distintos pasajeros. Uno, anciano con pinta de académico, le aseguraba a sus acompañantes que tenía un asteroide a su nombre. Una mujer mayor se agachaba una y otra vez para recoger el pasaporte que su pequeño nieto insistía en botar.

El primer policía de la aduana era simpático y conversador, la segunda era intimidante. En la salida del Air train conocí a una pareja uruguaya que me acompañó hasta Jamaica St. Desde ahí seguí mi camino por la línea "J".

El metro pasó de largo mi estación y tuve que bajarme en la siguiente, por suerte no era más de un par de cuadras y tras caminar algunos minutos llegué a 371 S 5th st, Brooklyn. Ahí me recibió Jaime, el novio de mi primo Damián, con quien me quedaré durante mi estadía. Fue una buena y tranquila bienvenida. Era un día casi tropical, así que fui feliz cuando pude ducharme, instalarme y dar señales de vida al otro hemisferio.

Pronto me atacó el hambre y Jaime me dijo que lo mejor que podía hacer era ir al Deli de la esquina, comprar un sandwich e irme a almorzar a Central Park. Me pareció una buena idea, así que me encaminé para acá con un enorme y grasiento "Broadway Magic. Media hora más tarde, crucé el East River y subí Manhattan, para llegar a la estación del Natural History Museum. Y empecé a caminar.

En lugar de perderme inmediatamente en el Central Park, me puse a recorrer el Upper East side. Fue extraño, porque de algún modo todo me parecía familiar, con un aire a los barrios altos de Santiago (ok, ok, con muchos museos y una hermosa arquitectura). Quizás es tanta información la que está entrando a mi cerebro que necesito asemejar lo que veo a algo conocido.

Camino hasta que de pronto un montón de sirenas irrumpen mi deambular. Miro hacia donde se dirigen y luego veo el motivo de la urgencia: Un hombre, sin polera y manchado con sangre, está en el borde de una alta azotea, amenazando con lanzarse. La gente mira, varios graban con sus celulares. Me incomoda y atemoriza la situación y el morbo que la rodea, así que me alejo sin saber el desenlace de la historia.

"Welcome to New York", pienso. Que extraña mezcla esta ciudad, tan cordial y civilizada, tan violenta; tan diversa, tan en el límite entre la tolerancia y la indiferencia.

Ahora (4:30 pm), termino este capítulo para rodear una pequeña laguna en medio del Central Park y escuchar un trío de jazz que toca al otro lado.


- 7:30 llegué de vuelta al departamento. 7:35 me quedé dormida. -

           Gastos del día: 
           - $ 113 metrocard ilimitado por 30 días
           - $ 10 deli + té helado
           - $ 2 banda de jazz en el parque (y un dibujo)



lunes, 8 de septiembre de 2014

Capítulo I: La partida y el avión.


Tras un fin de semana extraño e intenso, finalmente llegó el día. Hoy, 8 de septiembre del 2014, a las 22:35 (hace un minuto), parte el avión LA 532 desde Santiago en dirección a Nueva York.

Los motores vibran y comenzamos a rodar sobre la pista, tomando poco a poco velocidad. Todavía me cuesta imaginar que pronto despegaremos del suelo, que un objeto tan grande y pesado pueda alzarse y mantenerse a kilómetros de la tierra.

El despegue fue hermoso. No pude evitar dejar escapar una sonrisa maravillada al ver la ciudad cada vez más abajo, más pequeña. Millones de pequeñas luces formando un cuadro, o quizás un cielo profusamente estrellado y cálido.

Me impactó dimensionar, de golpe, la enorme y extraña, casi absurda presencia de la humanidad en la tierra. ¿Cómo es posible sustentar, como si fuera natural, toda esa energía, todo ese consumo, toda esa ornamentada e insaciable forma de vida?

Paso un par de veces la mano por el vidrio, hasta que comprendo que eso que nubla la ciudad son las nubes... ¡Estoy por encima de las nubes! Me gustaría que fuese de día para poder seguir viendo qué pasa allá afuera, abajo y arriba, ahora que dejamos la ciudad.

Temo que si sigo escribiendo tanto, las páginas no me alcanzarán y tendré que pegar hojas extra a esta bitácora (pues recién son las 23:30 y ya use dos planas).

Que extraño me resulta esto de estar viviendo por primera vez todas estas cosas, hoy, con 24 años y en este punto de mi vida (y hay tanto más que aun no experimento).
- Cuanto dedicamos a intentar dar significado o sentido al lugar en el que nos encontramos en la vida... cuando finalmente es, más que nada, un desencadenamiento (¿encadenamiento?) de aconteceres y sentires, empujados por un dedo invisible - 
...

Por tantos años soñé compartir este momento con mi papá... y hoy que finalmente acontece, él no podría estar más lejos (?).

domingo, 7 de septiembre de 2014

Prólogo

Esta bitácora recoge casi un mes de estadía en Nueva York, la ciudad que nunca duerme.
También (o quizás, principalmente) relata mi experiencia estando por primera vez sola tan lejos de casa, y el viaje interno que significó.

Este viaje fue una decisión y un regalo. También fue producto de la sincronía. Más que nada, me parece que fue la puerta que abre paso a nuevos caminos.

Lo dejo en este espacio, por si alguna vez llega a alguien que se siente así de desorientado, así de confundido pero hambriento de aprendizajes, así de frágil pero deseoso de hacerse más fuerte.

De algún modo esta ciudad imparable se convirtió en el espacio para detenerse; en medio de su ruidosa actividad logré hallar el silencio para oír mi voz.