lunes, 8 de septiembre de 2014

Capítulo I: La partida y el avión.


Tras un fin de semana extraño e intenso, finalmente llegó el día. Hoy, 8 de septiembre del 2014, a las 22:35 (hace un minuto), parte el avión LA 532 desde Santiago en dirección a Nueva York.

Los motores vibran y comenzamos a rodar sobre la pista, tomando poco a poco velocidad. Todavía me cuesta imaginar que pronto despegaremos del suelo, que un objeto tan grande y pesado pueda alzarse y mantenerse a kilómetros de la tierra.

El despegue fue hermoso. No pude evitar dejar escapar una sonrisa maravillada al ver la ciudad cada vez más abajo, más pequeña. Millones de pequeñas luces formando un cuadro, o quizás un cielo profusamente estrellado y cálido.

Me impactó dimensionar, de golpe, la enorme y extraña, casi absurda presencia de la humanidad en la tierra. ¿Cómo es posible sustentar, como si fuera natural, toda esa energía, todo ese consumo, toda esa ornamentada e insaciable forma de vida?

Paso un par de veces la mano por el vidrio, hasta que comprendo que eso que nubla la ciudad son las nubes... ¡Estoy por encima de las nubes! Me gustaría que fuese de día para poder seguir viendo qué pasa allá afuera, abajo y arriba, ahora que dejamos la ciudad.

Temo que si sigo escribiendo tanto, las páginas no me alcanzarán y tendré que pegar hojas extra a esta bitácora (pues recién son las 23:30 y ya use dos planas).

Que extraño me resulta esto de estar viviendo por primera vez todas estas cosas, hoy, con 24 años y en este punto de mi vida (y hay tanto más que aun no experimento).
- Cuanto dedicamos a intentar dar significado o sentido al lugar en el que nos encontramos en la vida... cuando finalmente es, más que nada, un desencadenamiento (¿encadenamiento?) de aconteceres y sentires, empujados por un dedo invisible - 
...

Por tantos años soñé compartir este momento con mi papá... y hoy que finalmente acontece, él no podría estar más lejos (?).

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